La basura californiana y Wegener

Estaba en Hyde con Lombard, en San Francisco, California; a la sombra. Ya había hecho las fotos reglamentarias al tramo superior de esta última calle y estaba esperando a que mi colega acabara de hacer las suyas.  Es bien conocido ese tramo, en el que los autos son obligados a zigzaguear por una pendiente imposible de abordar por derecho, al igual que en la Cuesta de la Vega, en Madrid (España).

Perspectiva del tramo loco de Lombard St. desde el este (Foto: Pedro Vega, vía Unsplash)

Allí no fue el condicionante defensivo medieval el que obligó a tan dificultoso y pintoresco trazado, sino el condicionante burgués-colonialista de imponer la cuadrícula viaria en un territorio montuoso sin calcular las consecuencias. No hay allí la sana y simple economía mora para bajar del alto de la agria cuesta, inevitable para la alcazaba (defenderse/sobrevivir) a los campos de la vega (comer/vivir). Hay allí el testimonio de la apresurada y ciega conducta de ignorar la anisotropía del territorio, forzando un damero urbano en contra del sentido común y de lo que pide el terreno. La cuadrícula urbana es una solución simple y sabia, pero, a diferencia de la del Pekín central o la del eixample barcelonés, en buena parte de San Francisco no es sana ni ergonómica. Pero allí estaba yo, retratándola y maravillado de cómo los gringos son capaces de sacar dinero (vía turismo) de cualquier cosa; de cómo una estupidez irracional puede convertirse en una belleza rentable. Pensaba en la relativa lógica de mis juicios (¿prejuicios?) fisiocráticos y deterministas y maduraba al socaire de unos metros de asfalto retorcido y unos macizos de hortensias generalmente muy admirados. Estaba, desde luego, más metafísico de lo que la guía turística consideraba pertinente y, tal vez por ello, más dado a pensar en el más allá. Y de pronto lo vi:

Afortunadamente, yo había apagado mi cigarrillo en el lugar adecuado y había tirado la colilla donde debía (de acuerdo con el artículo 35a): en la papelera que servía de soporte a este aviso, no por atrición, sino por contrición: no había polis a la vista y soy fanático partidario de la limpieza urbana. Como soy un chico espabilao y entendía el primer y tercer mensaje, deduje lo que decía el del medio: exactamente lo mismo.

En Street View ahora no se ven los cubos de basura, porque las autoridades han debido pensar que afean un lugar tan turístico, pero sí se ve el trozo de bordillo pintado de rojo
donde se ponen antes del momento de la recogida. También se ve la peña de turistas que suele andar por allí.

Pero ese no es el tema. Casi en el acto, me acordé de que estábamos exactamente encima de la falla de San Andrés  y que el letrero trilingüe colocado junto a los contenedores de basura, esa combinación de tan amplias raíces territoriales, tenía algo que ver con lo propuesto por Wegener a principios del siglo en que estábamos (el XX): la Teoría de la Deriva Continental (aceptada después de verificarse la tectónica de placas). Por unos segundos (tal vez minutos) me ausenté de la tibia mañana y me olvidé de las inmediatas muchachitas japonesas que seguían dándole gusto al dedo (en el disparador de la cámara). Seguía pisando a la sufrida Gaia, pero es como si me hubiera trasladado de la biosfera a la noosfera. Ocurrió lo que, en los manuales de materialismo histórico que leí en mi juventud, se llamaba “salto cualitativo” que, por azar y/o necesidad, ocurre después de la “acumulación cuantitativa”: al ver aquella acumulación de lenguas/continentes cristalizó en mi cabezuela que la teoría de Wegener podía aplicarse también a la deriva de las “placas culturales”. Y que precisamente allí nos encontrábamos en el cogollo de la consiguiente línea de subducción, donde todas confluían. Y allí surgió la peregrina idea del Bartolo (el que “tocaba la flauta con un agujero solo”, como me recordaban continuamente mis compañeros del Insti, incluso fuera de la clase de música); el sólo agujero de mi flauta se agrandó hasta ser capaz de subsumir y asumir todo el hemisferio boreal y cientos de generaciones de sus habitantes humanos.

Al igual que la Tierra genera más tierra en las dorsales oceánicas, lo que lleva a empujar a los continentes unos contra otros, debería haber un punto en que se generase el pensamiento/conducta humanos, que luego se mueve hasta chocar con otros “continentes culturales”. Inmensas masas de personas se habían movido, a lo largo de los siglos, para que aquel letrero apareciera y justamente allí. Allí estaba la cultura dominante (la anglosajona), procedente del Este; la china (del Oeste) y la española (del Sur: la Nueva España). El eurocentrismo que ha dominado la cultura occidental durante siglos ha designado a sirios y chinos como “orientales” y a canadienses como “occidentales”, pero, como la tierra es redonda, Shanghai está también al occidente de California y Madrid al oriente. La cuestión depende de dónde se tenga el origen y cuál sea el destino. El único hecho incontrovertible y, por tanto, necesariamente transcultural, es que la Tierra gira como gira: sea cual sea nuestro nadir, el Padre Sol sale por un sector de nuestro horizonte y se pone, más o menos, por el opuesto. Entendí que, de la antigüedad y magnitud de este hecho se debían derivar pautas de conducta humana igual de antiguas y magnas.

En Hyde y Lombard, San Francisco, California, estaba uno de los puntos de contacto entre las culturas que viajan hacia el Poniente y las que viajan hacia el Levante. África queda fuera del esquema, pues si hoy se sabe que es la cuna de la Humanidad (en sentido biológico) no lo es, en absoluto, del esquema cultural imperante. El largo camino de los indoeuropeos hacia el Oeste (el Poniente) y de muchos asiáticos hacia el Este (el Levante) es sabido. Mucho antes que los chinos fueron otros los asiáticos que ocuparon el Nuevo Mundo caminando hacia el misterioso lugar por donde el Sol nacía. Y, antes que españoles e ingleses, también los vikingos escandinavos se acercaron hasta allí, navegando hacia Poniente, todos queriendo saber qué había más allá del punto donde ellos dejaban de ver al Astro Padre. Esos eran sus destinos, pero para hallar su origen, su punto de divergencia, había que moverse hacia atrás por el vector marcado (una semirrecta, por tanto), hasta dar con su origen: el “kilómetro cero”. Geohistoria forense: de los consecuentes a los antecedentes.

No sé qué atavismo (o deformación personal, por mi afición al montañismo) me llevó a localizarlo en una montaña: en La Montaña. Si el Kilimanjaro  pudo ser La Madre de Todos los Hombres, la Madre de todos las Culturas había de ser Chomolungma / Sagarmãthã / Everest: allí es donde empezaron a divergir los pueblos que generaron el letrero de la basura. Allí tenía que estar la “dorsal continental” que creaba, al menos, esas tres lenguas/pensamientos/conductas. Suena a animismo barato, pero, si la vida nació en los mares y la raíz de nuestra civilización actual (el neolítico) en fértiles valles, los orígenes el pensamiento como tal han de estar en las alturas. Objeción evidente: en lo alto de los Himalayas no vive nadie pensante, pro yo sé lo que me digo; y puede que alguno de los lectores, también. No me hablen del Yang-Tse, del Eúfrates o del Nilo; todo eso vino mucho después de lo que yo me estoy refiriendo: al sustrato pre-neolítico, al de los cazadores-recolectores que debían entender mejor a Gaia para sobrevivir, hasta que llegamos nosotros y nos creímos los amos omnipotentes… y así nos va.

Considero pruebas de lo aquí expuesto la pervivencia del Camino de Santiago (en el extremo occidental de Eurasia) donde, más allá de la formulación cristiana del presunto sepulcro del presunto apóstol, está la ancestral tendencia de viajar a poniente, al Finibus Terrae. Y la simétrica tendencia hacia el santuario sintoísta de Ise (en el extremo oriental de una isla más al oriente de Eurasia). Y esto no es solo cosa de un turista visionario; hay estudiosos en el tema1. Ciertamente, ninguna de sus ubicaciones corresponde exactamente con los extremos en términos de longitud geográfica: ni Finisterre es el extremo occidental de Europa (que lo es el Cabo de la Roca), ni siquiera de Galicia (que lo es el Cabo Touriñán). En Japón, el extremo más oriental es el Cabo Nosappu (en la isla de Hokkaido, que no ha sido propiamente Japón hasta hace poco), pero su bandera indica bien dónde está puesta su mirada. Pero no estamos tratando de geodestas, sino de pueblos arcaicos. En el año 1989, cuando esto ocurría, no existía Internet ni yo era especialmente entendido (ni siquiera interesado) en la historia de las religiones. Hoy día puedo proponer así mismo como prueba las ceremonias que se celebran al anualmente alrededor del Kailash por parte de fieles de las principales religiones antiguas de la zona (los zoroastrianos están algo más lejos y casi desaparecidos y los musulmanes no hacen este tipo de cosas, porque las Religiones del Libro son mucho más antropocéntricas). La Montaña reverenciada como origen sagrado de la espiritualidad; también creí en aquel momento que había descubierto el Mediterráneo, sin saber nada de la búsqueda de los orígenes que filósofos europeos  comenzaron a mediados del siglo XVIII tras descubrir el Zend Avesta2

Hay otros enfoque de esta divergencia cultural entre lo que podríamos llamar “la tendencia simplificadora” y “la tendencia complejizadora, en el terreno religioso y simbólico.

Seguramente, todo esto parecerán o serán masturbaciones mentales, pero ratifica aquello de que “el  viajar da cultura”. En cualquier caso, me parece una forma digna y entretenida de pasar un rato fumando un cigarrito a la sombra.

1 GUICHARD-ANGUIS, Sylvie: “Pilgrimage, space and identity”. En: Pilgrimage and Spiritual Quests in Japan

2 JUARISTI, Jon: El bosque originario. Genealogías míticas de los pueblos de Europa (Madrid, 2000), pág. 23. Ver alusiones a este asunto en las páginas 292, 311 y 314.