La taxista teheraní

Les confieso que mi recuerdo de este suceso es pequeño y borroso; todo ocurrió en segundos y no puedo precisar el lugar exacto ni más detalles que los siguientes: la esquina de dos calles normales del centro de Teherán + un chirrido de frenos de coche (hacia el que muchos volvimos la cabeza) + una taxista vociferando a otro conductor (varón) por lo que (se deduce) ella consideró una maniobra estúpida, arrogante o peligrosa, o todo a la vez.  De esta choferesa (que no se bajó para empezar una trifulca) no se veía más que la cabeza, los hombros y brazos. La cabeza con el preceptivo hiyab negro y el cuerpo con el clásico roupush (una especie de gabardina) de trabajo, de color neutro. No entendí ni una palabra de lo que largó por su boca, pero en situaciones semejantes, en mi ciudad habrían sido: ¡Dominguero de mierda! ¿Te ha tocado el carné en una rifa? Y, entrando en cuestiones de género otra bien posible: ¡Mujer tenía que ser!

Muchos occidentales, sobre todo entre los integristas luteranos, es corriente el desprecio/compasión por las mujeres de los países islámicos debida a la opresión (real y/o supuesta) que sufren por parte de los hombres de sus casas y países. No seré yo el que discuta que, de hecho, las mujeres en los países musulmanes son ciudadanas de segunda categoría. No voy a entrar ahora en si es una aplicación de los preceptos coránicos o si en esos países todo sería igual aunque no fueran musulmanes; si son hábitos inveterados de conducta o imposiciones de los clérigos o de los hombres en general. En lo concerniente a la vestimenta, sí que parece haber influencia religiosa: en las ciudades del Magreb no es raro ver al marido/padre/hermano delante, en vaqueros y camiseta y a la esposa/hija/hermana dos pasos detrás con el chador completo. Pero aquella taxista me refrendó algo que ya debía saber: que el hábito no hace al monje. Su independencia, desparpajo y valentía (tal vez excesivos, como en muchos taxistas) no se vieron influidos por su vestimenta, al gusto de los ayatolás. Se mostró más empoderada (que se dice ahora) que muchas de sus remilgadas congéneres de aquí aunque vayan en súper-shorts y mostrando canalillo.

Ya conté en la introducción al capítulo de fotografía que retratar gente no es lo mío (incluido yo mismo entre “la gente”). Y en el relato del viaje al Yemen que muchos locales, no maleados por el turismo en un sentido u otro, quieren que les saques en la foto. Estando en el extremo sur del Puente de los Treinta y Tres Ojos en Isfahán, cumpliendo con nuestras obligaciones de turistas (retratar cosas), fuimos amablemente requeridos por un par de adolescentes para hacer un retrato común. No puede ser cosas de paletos; a diferencia de Taiz en 1987, Isfahan en el 2000 era un hervidero de turistas, al menos el centro histórico. Tal vez cosas de adolescentes: ¿A que no te atreves a…? Tal vez querían darnos a entender que éramos sus huéspedes y teníamos que aceptar sus reglas del juego. Quién sabe… Yo ya sabía que para encajar bien entre los chiitas convenía llevar algo negro y barba de varios días. El caso es que prácticamente nos mandaron ponernos y sacar el retrato. En Yemen lo solicitantes eran desde niños hasta ancianos, ni una sola mujer se atrevió.

Muchas costumbres en estos países son simplemente tradicionales, es decir, antiguas. No sé cuanta gente sabrá lo que es la Hégira ni en qué año estamos según este cómputo: nuestro 2020  es su 1441-1442. ¿Cómo era España o Dinamarca en el 1441 D.C.? Y sin ir tan lejos, comparen estas imágenes:

Mujeres chiitas devotas en la Mezquita del Imam de Isfahán (2000)

Monjas y estudiantes (mujeres católicas devotas) en Múnich (1915)
Autor: Georg Pettendorfer (1858-1945), vía Wikimedia Commons

Las ropas talares y las tocas de las monjas católicas, usadas de forma generalizada hasta hace muy poco, no son otra cosa que la cristalización / ritualización de vestimentas medievales por parte de una institución retardataria en general como es la Iglesia Católica Apostólica Romana. Cualquiera de los lectores tendrá in mente la actitud de los clérigos reaccionarios frente al avance de los tiempos, pero uno de los mejores ejemplos es el reconocimiento implícito de que la Tierra gira en torno al Sol, que no se produjo hasta 1992, con la rehabilitación eclesiástica de Galileo Galilei. Las vestimentas de las mujeres iraníes (llevadas voluntariamente por algunas e impuestas a otras) son, en mi opinión, un resabio retardatario de otros clérigos y no van unidas irreversiblemente a su condición de musulmanas.

Hay un factor vital al cual podría aplicarse aquello de “la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio”: el de la pérdida del apellido por las mujeres casadas, norma en Occidente (salvo, afortunadamente, los países ibéricos e iberoamericanos). Se mofan (o compadecen) a las musulmanas por una cuestión adventicia y formal como es el vestido y asumen, incluso las que se consideran feministas, quedarse con el apellido del amo, como los esclavos negros en los EE.UU. y que su linaje sea borrado del mapa.