Reconstrucción de la altimetría e hidrología del Valnegral (Abroñigal) antes de la urbanización

Reconstrucción de la fisiografía histórica de Madrid

Soy madrileño y, más o menos, experto en medio físico y, por tanto, he trabajado bastante sobre el medio físico de Madrid; hasta aquí todo obvio. Pero si en vez de leer “Madrid, provincia y luego Comunidad autónoma”, leemos “Madrid ciudad” la cosa empieza a ser más rara: nadie me iba a pagar por estudiar el medio natural de un sitio que, por definición es anti-natural: una gran ciudad urbanizada, en algunos puntos hace 12 siglos y en otros hace unas décadas. Pero en los ratos libres me interesó averiguar cómo era Madrid antes de Madrid; cómo era el terreno antes de que el emir Muhámmad I decidiera poner aquí un castillejo para defender el territorio de Toledo de los infieles del norte… y lo que luego pasó. Soy urbanita, pero lo que más me gusta de esta ciudad no es la propia urbe, sino su aire y su agua, es decir, las cualidades de su sitio de asiento. No estoy totalmente loco ni sólo en este tipo de interés: he visto documentales en los que se “levanta la alfombra” de las ciudades (vías y obras) para ver qué hay debajo.

Para reconstruir un territorio casi totalmente modificado, hay que empezar por la parte más básica, más estable: gea; no solo porque es la más duradera, sino porque el resto (flora y fauna) dependen en buena medida de ella. Dentro de la geología, lo primero es la geomorfología (lo primero en sentido operativo) para ajustar a ella las características estratigráficas y geológicas y su consecuencia corriente: la hidrografía. La parte más propia de los geólogos ya tenía suficiente literatura (artículos, tesis y estudios técnicos), pero no así la puramente morfológica.

No voy a incurrir en los determinismos del pasado; simplemente me interesa evaluar el nivel de determinación que el medio físico tuvo en las obras humanas en general y sobre el desarrollo de la ciudad de Madrid en este caso concreto. No parece haber mucha gente laborando en este sentido, aunque reconozco que no he seguido el hilo. Entre la documentación informativa del denominado “Plan Bidagor” (1946) encontré unos mapas hipsométricos por distritos, como este:

En él se ve cómo la calle Bravo Murillo (a la izquierda) sigue por la cuerda (divisoria de aguas), ya que consolidó en la trama urbana el antiguo camino de la Mala de Francia (luego carretera de Irún) y esa es la línea típica del trazado de los caminos importantes en las tierras de lomas, como es todo el terreno mioceno en la submeseta sur. [Inciso: “La Mala de Francia” no era una gabacha perversa, sino que mala era equivalente a valija; de “mala” deriva “maleta”]. En el centro se ven (en tonos más claros) los dos vallejos que conformaban la cabecera del Arroyo de la Fuente Castellana (eje del actual paseo), tras reunirse en la llanada donde estuvo el antiguo hipódromo (delante de los actuales Nuevos Ministerios). El trazado de la prolongación de La Castellana (antes Paseo del Generalísimo) no siguió, como hasta ese momento había hecho, el fondo de ambas vaguadas sino que se dirigió derecho hasta el Hotel del Negro (actual Plaza de Castilla). No obstante la potente explanación que en esa zona se ha llevado a cabo, la cota del paseo (que ocupa el eje de la loma) a la altura de Alberto Alcocer es tres metros más alta que la de las calles Orense y Padre Damián (que ocupan, grosso modo, el trazado de ambas vaguadas).

Unos cuantos años después, desde una posición mucho más elaborada, Carmen Gavira avanzó en este terreno desde la Escuela de Caminos de Madrid.

Volviendo a la tarea inconclusa: con los medios por entonces a mi alcance (preinformáticos) seguí los siguientes pasos:

• Elegir una cartografía suficientemente fiable tanto a nivel planimétrico como, fundamentalmente, altimétrico y, a la vez, lo más antigua posible; la que cumple con ambas condiciones es plano parcelario del I.G.N., dirigido por Ibáñez de Ibero en 18721874 (a escala 1:2.000 y con equidistancia entre curvas de nivel de 1 m.)
• Reducir las 16 hojas que le componen a escala 1:5.000, para hacerlo más manejable y mejorar la lectura de los desniveles (por aproximación de las curvas) y haciendo un montaje posterior en dos hojas, que cubren la ciudad interior a Las Rondas y poco más.
• Calcar manualmente en papel vegetal todas las curvas de nivel con el trazado mostrado en el plano.
• Identificar los lugares en los cuales las curvas presentaban alguna anomalía. Este es, sin duda, el paso más arriesgado; en un paisaje kárstico o volcánico las curvas son relativamente impredecibles, pero las arcosas de Madrid tienen un comportamiento bastante lineal frente a la erosión hídrica. Muchos años de experiencia avalan esta interpolación hecha cotejando, en todo caso, con las obras y edificaciones existentes en dicho lugar y que pueden explicar el movimiento de tierras llevado a cabo. Esto es nítido en la periferia y algo más borroso cuanto más al centro vayamos.
• Borrar los tramos de curva de nivel donde hubiese la certeza de que su posición a finales del XIX era resultado de una de las acciones antrópicas citadas (desmonte o terraplén).
• Reconstruir las curvas en los espacios que el borrado anterior dejó huecos.
• Dibujar las vaguadas, arroyos y barrancos con verificación de la bibliografía y documentación sobre fuentes. El paso siguiente habría sido el dibujo de los puntos y líneas de máximos (cumbres, cuerdas y collados); este se quedó en el tintero.
• El final habría sido identificar los usos singulares del espacio (fundamentalmente viario y edificios singulares) y estudiar el tipo y nivel de determinación que la orografía tuvo sobre cada uso, según fechas de construcción.

Les muestro un ejemplo de lo hecho, en pleno centro histórico de la ciudad:

Esta reconstrucción evidencia que el sitio de asiento del castillo de Magerit (Maŷrit, más propiamente) estaba en un máximo topográfico, como todo asentamiento castral requiere. Tenía fuertes pendientes no sólo por el norte (Cuesta de San Vicente) y el oeste (cuesta del Campo del Moro), que son las hoy perceptibles, sino también por el sur (el barranco de los Caños del Peral que aún era visible en 1562 cuando Wyngaerde lo representó en su famosa panorámica de la ciudad)

Algunos restos de los Caños del Peral, afortunadamente, han sido preservados y puestos en exposición en las últimas obras de ampliación de la estación de metro de Ópera; es decir, el relleno del barranco de los Caños  para crear la llanada de la Plaza de Isabel II  / Plaza de Oriente dejó bajo tierra algo que estaba bien encima. El agua que salía de esos caños procedía de un venero que más de un siglo después de su soterramiento seguía dando problemas y el edificio más singular que los sufrió fue el Teatro Real: en 1929 tuvieron que profundizar los cimientos hasta los 16 m. (terreno firme anterior al terraplenado) y crear todo una sistema de drenaje subterráneo para que el edificio aguantase en pie:

Una página de la revista Estampa de septiembre de 1929 explicando los trabajos que se estaban realizando

Si no hubiera testimonios de ello podría resultar difícil de creer, pero hay una manera bien sencilla de verificar el terraplenado que se hizo desde el final de la Calle del Arenal (por las arenas depositadas en la vaguada que le precedió) las hasta la Plaza de la Armería de Palacio: basta con ir al extremo norte de la Calle de la Escalinata (en su unión con la Plaza de Isabel II): el punto más bajo de esta calle está a la cota que tenía la Calle del Arenal antes del terraplenado; ahora esta se halla casi tres metros más alta. La escalinata a que se refiere el nombre de la calle hubo de construirse precisamente para salvar ese desnivel; antes se llamaba Calle de los Tintes.

► Las tareas a realizar, a partir de lo existente, serían:

1) Averiguar si alguien ha hecho ya lo mismo, no sea que vaya a descubrir el Mediterráneo. Estoy desconectado del sector desde hace más de 20 años.
2) Recopilar bibliografía y hacer trabajo de campo para localizar con precisión las limatesas y limahoyas en el pavimento real ya que en algunos sitios la equidistancia de 1 m. entre curvas no es suficiente.
3) Trasponer todos los datos (viejos corregidos y nuevos) a cartografía digital o bien partir de una altimetría actual, repitiendo el mismo proceso. El ajuste mecánico de los productos manuales, después de los muchos pasos descritos, puede resultar inviable si se pretende una total coincidencia con lo actualmente existente, tanto en viario como en edificación.
4) Crear un SIG  (o incorporarlo a uno ya existente) y desarrollar medios expositivos al igual que en el caso del Libro de la montería, que no repetiré aquí.

Una parte de esta reconstrucción (el plano de desmontes y terraplenes) estuvo colgada en el Museo de la Ciudad, firmada por un tal Eduardo Serra pero creo poder demostrar, si llega el momento, que fue un hurto/plagio; aparece en la página 19 de la publicación Los planos de Madrid y su época (1612-1992). Ayuntamiento de Madrid; ISBN 84-606-0845-1. Pero muerto el perro, se acabó la rabia: el museo lo cerraron ¡Todo un logro de Ana Botella!  Así pues, traté de poner una pica en Flandes y el empeño resultó casi igual de costoso y, a la larga, inútil. Si nos toca La Primi lo solucionaré.