Amanecer en Marichiva

El collado de Marichiva es un accidente orográfico mínimo, irrelevante incluso a escala comarcal (1.752 m.s.n.m.), pero está más alto que el horizonte. Para llegar, nosotros no seguimos la ruta que indica la anterior ficha, sino una mucho más larga, más fácil y mucho más bella: Cercedilla / Las Dehesas / Calzada Romana / Carretera de la República / Collado de la Fuenfría / Cerro Minguete / Marichiva. Por entonces no existía la pista forestal, ni señalización GR ni otras facilidades modernas.

Luego he estado en lugares mucho más altos, bellos e importantes, pero, como todo primer amor, aquel no se olvida. Joan-Manuel Serrat Teresa canta a sus cañas y su Mediterráneo y ahora yo puedo cantar y quiero a nuestros piornos (equivalente a sus genistas) y nuestra Sierra.

 Fue de las primeras veces que dormí al raso en el monte, sin tutela ni guía. Y, así mismo, una de las primeras que gocé de la inefable sensación de que lo último que ves, justo antes de cerrar los ojos para dormir, es el mayor y mejor dosel que imaginarse pueda: la bóveda celeste tachonada de astros. No tenía yo, ni mi compañero de excursión (ni nadie por entonces) las colchonetas que hoy se gastan; para preservarnos de la humedad del suelo llevábamos unos simples plásticos; en mi caso, para mayor desmitificación, una cortina de ducha desechada. En el momento de despertar, notamos que caían algunas gotas y para no mojarnos, simplemente nos pusimos encima el plástico que había estado debajo. Con ello, las gotas nos caían mágicamente como si fuera en la cara, pero sin mojarnos. Exultantes de satisfacción por la integración en el paisaje, por ser unas pequeñas criaturas en el regazo de la Madre Tierra, seguimos así, impertérritos, un buen rato. Luego cesó de caer agua para rodearnos por todas partes, pero en estado de vapor. La susodicha bóveda seguiría estando allí, pero resultaba invisible por la niebla que subía del fondo del valle de Las Dehesas. A cambio, hacia levante, el sol rasgaba por momentos estos tibios y móviles celajes a la par que los teñía de color dorado. Polvo de estrellas. Pasarían más de diez años antes de sentir algo parecido, pero al atardecer: contemplando la Peña Santa de Castilla desde el refugio de Collado Jermoso, viendo/sintiendo el romper de las olas del mar de nubes que cubría el Valle de Valdeón.

En aquellos tiempos yo no sabía nada, pero sentía. No sabía aún el nombre en latín de aquellas hierbas, matas y árboles cuyo húmedo aroma me embriagaba. Por entonces Serrat aún no había escrito aquello de “No en saviem més / teniem quinze anys”. Yo aún no había leído a Miguel Delibes Setién en lo de “esas mañanas de junio en que parece que estrenas el mundo”. Aún no había oído el segundo movimiento del concierto para óboe, cuerda y continuo en re menor, op. 9, nº 2  de «il dilettante veneto»: una música que, al escucharla muchos años después, me produjo la profunda e inexplicable sensación de que había sido compuesta dos siglos antes especialmente para hacer de banda sonora de aquel amanecer y que podía explicar mis sentimientos como hay que hacerlo con todas las cosas importantes: sin palabras.

En los años del gran reserva (o del vinagre) es inevitable sentir nostalgia de aquellos prístinos mostos, porque la inocencia perdida es irrecuperable. Comenzaba entonces a exprimir el mundo que me rodeaba, que ya no me amedrentaba y, aunque el jugo sacado pueda parecernos insulso en la distancia, su aroma y suavidad es irrepetible ¡Qué cosecha la del 63!

Hoy día, el poso cultural y la experiencia permiten aportar a cada sensación el valor añadido de todas las implicaciones, conexiones, apropiaciones y percepciones previas con que la memoria tiñe o carga lo percibido. Pero entonces no sabía que este otro tipo de sensaciones era posible y “Ojos que no ven…”. No podía sentir nostalgia de algo no ocurrido aún; tenía un mundo para estrenar, sin la experiencia que sería, más tarde, a la vez lastre y riqueza.