Mahfuz

Sin duda, lo era desde mucho tiempo atrás, pero hasta que mi buen amigo Javier García-Bellido y García de Diego no me lo dijo, no era consciente de ser un reduccionista. Para él (que tenía vocación de uomo universale) era un serio defecto, pero me lo espetó “desde el cariño”, que se dice ahora. Me acuerdo perfectamente porque es de las cosas que marcan: serias, profundas y duraderas. Estábamos tomando el cafelito de después de comer al aire libre en un restaurante a la vista de las magnificentes ruinas de Heliópolis (Baalbeck), en Líbano, el año 2001. Previamente habíamos visitado las ruinas de la ciudad omeya de Anyar, trazada y construida según los cánones romanos, antes de que la especificidad del arte musulmán eclosionara. Todo muy complejo.

Siete años después, dicha característica de mi carácter explotó y fue precisamente al leer la frase de Naguib Mahfuz que aquí traigo a colación. Podríamos decir que la sensación propia estaba en estado de solución sobresaturada y cristalizó en torno a esta brizna de pensamiento ajeno. Me dije: “Chaval, simplifica, que vas a palmar sin haber terminado ni la mitad de las cosas que tienes empezadas”. Aún no habíamos terminado el primer tomo de los siete sobre los despoblados; en Vicálvaro seguía acumulando fichas y más fichas, sin atreverme a empezar a escribir. Lo de la genealogía estaba en un túnel sin salida visible… Ya no era tan joven y vi que no podía comerme el mundo enterito (ni siquiera todos esos minúsculos bocaditos del mundo en los que me estaba centrando), que la excelencia solo se puede conseguir mediante la especialización y que había que cortar por los sano con muchos de ellos.

Y entonces vino en mi ayuda el bueno de Naguib: vi la luz, como Saulo de Tarso camino de Damasco (nosotros, ese año, ya habíamos pasado por Damasco), pero yo, en vez de caerme del caballo, decidí voluntariamente apearme del burro y renunciar, no sin dolor, a buena parte de las tareas que me había autoasignado. Por otro lado, el mundo en general seguía alejándose paso a paso de lo que yo consideré y aún consideraba óptimo y emprendí mi senda de anacoreta, lo más posible alejado del mundanal ruïdo (dicho sin falsa modestia). Estaba, por otro lado, graduándome como usuario de Photoshop y decidí explorar sus posibilidades de creación, más allá del retoque fotográfico.

Para no olvidar esta idea-fuerza creé esta lámina, que ahora tengo colgada enfrente de la cama para que sea lo primeo en ver cada día (como hacían con el crucifijo en los antiguos hospitales católicos). Aquí se la ofrezco a otros posibles reduccionistas que no se avergüencen de serlo.

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