Maravillas del Mundo

Dicen los especialistas que un bebé recién nacido no distingue nada que esté más allá de 20-40 cm. de su naricilla. Resulta lógico en un doble sentido: de un lado, en ese radio visual está todo lo que necesita conocer: los pezones y la cara de su madre; de otro, el conocimiento del más allá le resulta totalmente inútil pues no tiene capacidad alguna de interaccionar con él (La Madre Naturaleza siempre procura el ahorro de medios). A medida que su capacidad física y mental va aumentando, el radio de su campo visual con discernimiento aumenta poco a poco y las conexiones neuronales se van acoplando al incremento de su capacidad motora y manipuladora. En la infancia el espacio que nos rodea se va agrandando; partiendo de la situación anterior de desconocimiento, a veces parece que el entorno va apareciendo justo delante de nosotros; algo que antes no existía (parecía no existir) se materializa y hace tangible. Ahí están las raíces de la emoción del viaje, del descubrimiento.

Tengo la suerte de conservar todavía en alguna de mis gastadas neuronas el recuerdo de mi primer viaje, al que, en sentido estricto, podríamos llamar iniciático. Fue en un día del mes de mayo de 1957 y dicho viaje tuvo un exacto recorrido de 179 metros:

Trayecto del viaje iniciático de 1957 sobre fotografía aérea del 1961
(Explicación del terreno en la página 9 del álbum del cincuentenario)

En la escuela preparatoria (La Prepa) del Instituto «Ramiro de Maeztu existía la posibilidad de ser interno o mediopensionista, es decir, de comer allí (algo nada corriente por entonces). Tras la comida teníamos un tiempo de asueto y también unas normas claras de lo que durante él podíamos y no podíamos hacer. Pero mis ansias de ver mundo me llevaron a escaparme un día hacia la terra incognita y al doblar la esquina entre los edificios de los internados y la Residencia de Estudiantes (frontera de lo prohibido y nunca antes visto) tuve la sensación que malamente he explicado: el vértigo de ver aparecer ante mí el mundo exterior. Hay experimentos en los que se comprueba que cuando la amígdala cerebral tomo el control de la situación, todo parece ocurrir mucho más despacio de lo que los cronómetros marcan y los recuerdos de esos momentos quedan profundamente grabados; también se sabe que su funcionamiento es muy importante en situaciones de peligro. Mi limitado desarrollo cortical por entonces me indicaba que allí había peligro; tal vez por eso sea capaz de recordar tan claramente lo que allí sucedió. Efectivamente había peligro: en esa esquina fui atrapado, no recuerdo por quién, y castigado a permanecer en pie lo que quedaba de recreo ante el altar de La Virgen. [Inciso: el mes de mayo era el mes de las flores y «Con flores a María…»; este mes se montaba un altarcito en cada clase al que los alumnos llevaban flores. En la actualidad, las instalaciones del Instituto están separadas del contiguo C.S.I.C. (“el Consejo” para nosotros) mediante una importante valla metálica; puede dar lugar a reflexión si se ha retrocedido o avanzado en el equilibrio libertad/seguridad o exodisciplina vs. autodisciplina o si los actuales enseñantes han renunciado a convencer, limitándose a vencer o si el grado actual de consentimiento con los jóvenes y su consiguiente atrevimiento no deja lugar a otras soluciones].

Pocos años después tuve la suerte de que mi padre me instara (y financiara) a completar varias colecciones de cromos diríamos “culturales” (para las de futbolistas no necesitaba estímulo externo). Uno de ellos era el llamado Maravillas del Mundo, de la editorial Bruguera. Se componía de dos fascículos: el primero destinado a las maravillas naturales y el segundo a las obras humanas. Esa fue mi primera ventana al mundo.

Los sitios reflejados en los cromos parecían estar totalmente fuera del continuo espacio-temporal en el que se desenvolvía nuestra existencia cotidiana. No había televisión y sabíamos que había gente que viajaba en avión porque lo veíamos en el NO-DO (en blanco y negro). La influencia de la velocidad de los medios de transporte (y su accesibilidad) en la percepción del espacio (la transmutación de un hecho meramente físico en psicológico) ya fue glosada por Larra y no precisamente comentando su contemporánea implantación del ferrocarril, sino a la de la veloz diligencia:

“Cada cual sabía que había otros pueblos que el suyo en el mundo, a fuerza de fe; pero viajar por instrucción y por
curiosidad, ir a París sobre todo, eso ya suponía un hombre superior, extraordinario, osado, capaz de todo: la marcha
era una hazaña, la vuelta una solemnidad, y el viajero, al divisar la venta del Espíritu Santo
1, exclamaba estupefacto:
¡Qué grande es el mundo!” 2

Por ello, el visitarlos se convertiría, en cierta manera, un viaje al más allá cuasi imaginario, un hecho mágico por el que la ensoñación se hacía realidad. La mentalidad y la realidad que los álbumes reflejaban tenían su origen en Livingstone y Cía., cuando había exploraciones por hacer.

Hoy día no hay magia en el viaje por estar todo demasiado al alcance de la mano: las fotos de La Tierra desde del espacio e Internet la han convertido en una canica, en términos conceptuales.

En cuanto pude, intenté convertir en realidad mis sueños infantiles y comprobar si aquellas quimeras existían en realidad: conquistar lo que fuera inalcanzable; si los lectores juzgan que esta motivación es infantil, de entrada se lo he otorgado. Aunque en algún momento me he sentido algo constreñido por intentar cumplir mis objetivos viajeros de modo acorde con este patrón, en la mayoría de los casos no ha sido así. La persecución de las Maravillas del Mundo no entró (eso creo) en la categoría de obsesión: no le he concedido más importancia que la que tiene el hilo que ensarta las perlas de un collar: casi despreciable en sí, pero necesario para dar unidad al conjunto.

Aunque he estado en bastantes sitios (la totalidad de las provincias de España y 69 estados extranjeros en total) no me considero un coleccionista de países (que los hay); la acumulación cuantitativa es simple gula para dentro y vanidad para fuera. Pero es que ¡El mundo es muy grande y hay maravillas en todas partes! Ahora que las circunstancias no me permiten seguir en busca de mundos soñados es el momento de hacer balance: no he conseguido ver el 100% de la Maravillas del Mundo (lo cual me sirve para ejercitar la humildad), pero el resultado ha sido francamente satisfactorio:

Lo primero que hay que resaltar es que el comienzo del conocimiento de las maravillas humanas es anterior al de las naturales. Ello se debe al hecho de vivir en La Vieja Europa, con más Historia que Geografía, si me permiten la expresión: el Alcázar de Segovia (planteado como una de las Maravillas del Mundo, según Bruguera) fue el inicio de mi actividad turística, debidamente tutorado por la autoridad escolar.

Mi clase de la escuela preparatoria del I.N.E.M. “Ramiro de Maeztu”
en la torre del homenaje del Alcázar de Segovia (mayo de 1958)

La primera maravilla natural que conseguí entrever fue el Monte Fuji; le entreví desde el avión, camino de Pekín (1978) y cuando creí que era llegada la ocasión de verlo como en el cromo (2005), había una niebla tan cerrada que lo más que pude ver fue el panel explicativo. El hombre propone y los hados disponen.

Monte Fuji
El Monte Fuji según Bruguera (1956)
Lo que vi del Monte Fuji, desde el avión (1978)
Lo que vi del Monte Fuji (2005)

Tantos años conviviendo con estos álbumes me llevaron a varias reflexiones, la principal de ellas fue: ¿Cuál fue el criterio para decidir qué era una Maravilla del Mundo? ¿Con qué motivo alguien, inconscientemente, guio mis pasos durante tanto tiempo? Estos son sistemas de búsqueda empleados por los redactores del álbum que he identificado:

1: Las clásicas (e inexistentes) Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Estábamos a mediados del siglo XX, pero aún flotaba en el aire que    había que incluirlas en una obra de este tipo. No entiendo el por qué ese sumar de peras y manzanas, ese sumar realidades y entelequias, pero así era. Técnicamente me vino bien que las incluyeran, porque, al no ser visitables, reducían el universo sobre el que    trabajar y, por tanto, me permitían maquillar los números (mejores porcentajes con los mismos viajes). Esta es una de ellas:

2: Rebuscar en los libros de la época de “las exploraciones”. No olviden los lectores que a mediados del siglo XX aún existían los imperios coloniales: la divulgación de lo hallado/apropiado (fundamentalmente desde mediados del XIX) formaban parte de la cultura imperial (eurocéntrica), al igual que los libros sobre razas humanas (en los que la raza blanca parecía no ser digna de estudio). He encontrado varias fuentes gráficas de las que copiaron, con mayor o menor fidelidad, los dibujantes de Bruguera. La principal es el libro en dos tomos The Wonders of the World. A popular and authentic account of the marvels of nature and of man as they exists today”, editado por primera vez en Londres en 1910 por Hutchinson & Co. que contiene 53 ilustraciones que fueron prácticamente calcadas por la editorial barcelonesa (imaginando el color, lo que tiene su mérito). Otro del mismo estilo es Greatest Wonders of the World, as seen and described by famous writers, de Esther Singleton (1ª ed.: New York, 1900), que cita fuentes desde 1836 a 1891 al menos; de este tomaron solamente 5.

Aunque los elementos geográficos son más durables que los humanos, también sucede a veces que desaparecen: eso pasó con las  Terrazas Blancas de Rotorua (Nueva Zelanda): de ellas se hizo un grabado que puede verse en FROUDE, James Anthony: Oceana or  England and her Colonies, London, 1886), pág. 269 y que reproduzco abajo en primer lugar. Pero, justamente el año de esta edición  desaparecieron por una erupción del volcán Tarawera, estando hoy (al parecer) en el fondo del lago Rotomahana. Esto no fue obstáculo para que Paul GOODING las incluyera en su libro Picturesque New Zealand (1913), pág. 23 (2ª imagen de la serie), que fue el copiado (con leves retoques y sin Photoshop) en el cromo de Bruguera:

Debían ser muy guapas, pero, afortunadamente, aún nos queda Pamukkale, que está más cerca. Aunque en Whakarewarewa sigue  habiendo manifestaciones geotermales interesantes (y un museo de la cultura maorí), sin estas terrazas il ne mérit pas le voyage, que  diría la Guía Michelin que (por si no lo saben) antes no hablaba solo de restaurantes.

Otro ejemplo de las libertades que se tomó el dibujante de Bruguera (o el redactor, si no era la misma persona) es el caso de la Torpedo Rock (en el Parque Nacional Mount Buffalo, en Victoria, Australia): a la izquierda la foto del libro The Wonders of the World (pág. 329), donde hay una referencia humana y dice claramente que mide 45 pies de largo (unos 13 metros). Para los españolitos de mi quinta, si confiábamos en Bruguera, medía 100 metros (las personillas están completamente fuera de escala); apuesto a que no contaba con que nadie fuera a medirlo. Además, conociendo la disposición del terreno, es casi prácticamente  imposible fotografiarlo desde el lado  opuesto (con la punta hacia la derecha).

3: Los “hermanos mayores”: fundamentalmente los álbumes de Nestlé, que con anterioridad había sacado uno precisamente titulado Las maravillas del Mundo (1929 para la edición original en francés y 1932 para la española). Seguramente los dibujos de la firma suiza  estuvieran copiados de otro libro que desconozco, pero en este caso concreto, la paternidad del dibujo del arco de Gotland (Lergravsporten) parece indudable:

Los ejemplares de Nestlé que les presento son ambos comprados de segunda mano, porque yo no tuve acceso a ellos en su momento (salían en las chocolatinas de un duro y mis padres pensaban que era demasiado lujo). El primero, además, era histórico; el vigente en mi época es el segundo, titulado Las Maravillas del Universo (editado en España en 1955) y conocía perfectamente los cromos por el intercambio en los varios juegos de azar y habilidad que con ellos hacíamos (muchos más de lo que Internet nos cuenta sobre el tema).

Claro que los redactores de Bruguera también tendrían su culturilla propia y amor patrio, no todo va a ser copiar. Por ello aparece el alcázar de Segovia, arriba aludido y, barriendo para casa, ya que está incluida la Montaña de Montserrat y no la Pedriza de Manzanares que era Sitio Natural de Interés Nacional desde 1930 (a lo cual cabría añadir que la nación catalana consideraría de mayor interés el otro).

Dejando aparte el asunto de las fuentes, otra de las reflexiones que, a posteriori, me ha merecido el álbum es sobre el concepto de “maravilla” en aquellos tiempos, concretamente, en el tema de la Naturaleza: ¿qué era lo que hacía que un elemento natural o paisaje resultasen remarcables? Viene en nuestra ayuda una aportación que el catalogador hizo en el anterior enlace con The Wonders of the World…: pone al libro en la categoría de “Curiosities and marvels”. “Curiosidades” en el sentido de rarezas: ese fue durante mucho tiempo el criterio para valorar elementos naturales. Es como si al publicar un libro de Maravillas del Sexo Femenino incluyeran a la mujer barbuda; hoy día nos parece aberrante, pero estas, junto con siameses, enanos, gigantes y toda clase de individuos deformes eran expuestos en ferias (porque la gente pagaba por verlos, no por perversión del propietario del espectáculo). Cualquier cosa chusca era digna de ser considerada “maravilla”; véase este ejemplo:

Rocas llamadas Los Gemelos del Jardín de los Dioses. Colorado Springs, Colorado, EE.UU
1º: Según The Wonders of the Word; 2º: según Bruguera; 3º, según un servidor

Con razón se enfadaron mis compañeros del viaje a Colorado cuando les obligué a dar un rodeo para retratar esta curiosidad: aparte de ser un punto en la recuperación de la memoria de mi álbum, no tiene el más mínimo interés, por mucho que en Internet lo califiquen de “iconic” (que vaya usted a saber lo que significa). Sin embargo, el Glaciar Perito Moreno, por poner un ejemplo, no aparece en ninguna de las obras citadas. En relación con este último cabe la excusa de que no formaba parte del Imperio Británico…

Pero el recurso a la pérfida Albión no es válido; España se comportó igual durante tres cuartos de siglo: desde 1918 en que se crearon los Parques Nacionales de la Montaña de Covadonga y de Ordesa, hasta 1995 que se creó el de Cabañeros. Este último (que es el menos visitado, dicho sea de paso) representa la norma (el ubicuo encinar de la península) mientras que los otros representan la excepción (la rareza). Valor ecológico y espectacularidad paisajística no siempre fueron de la mano.

1  La venta aludida era una de las que componían el conjunto llamado “Las Ventas del Espíritu Santo”, en el cruce del camino real de Madrid a Alcalá (y a Roma, si nos ponemos) con el arroyo Abroñigal (hoy enterrado bajo la M-30). La mayoría estuvieron en la explanada delantera de la plaza de toros denominada por esta razón “de las Ventas”. Estaban, por tanto, a menos de una legua (unos 4 km.) de la Real Casa de Postas (junto a la Puerta del Sol), donde comenzaba la extraordinaria expedición internacional en diligencia.

2 “La Diligencia”, en Artículos de costumbres (Azorín, ed., Colección Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1978; pág. 56)