Toponimia

Fue una de mis grandes aficiones durante años, junto con el léxico de gea, flora y fauna. Representa uno de los campos fronterizos/mestizos en los que me siento como pez en el agua; en este caso, entre cultura y naturaleza, entre lengua y paisaje. Porque, a pesar de lo que digan o puedan decir los filólogos, los topónimos son palabras, pero una clase especial de palabras, en las que el sema (el elemento territorial nombrado) es tan importante de conocer como el lexema y si no se entienden ambos, nunca se le sacará todo el jugo posible. He leído auténticos disparates escritos por filólogos, más atentos a la lógica interna de la evolución lingüística que a la naturaleza del elemento nombrado, que a veces hace imposible sus propuestas etimológicas.

Comenzó mi dedicación en el seno del Servicio de Urbanismo de la extinta Diputación Provincial de Madrid (en 1982) donde, amparado por la universal curiosidad y holística visión del territorio de Javier García-Bellido y García de Diego († 2006), se puso en marcha un programa de actuación denominado Establecimiento de un sistema para la recuperación y utilización de la toponimia de la provincia de Madrid, del cual fui responsable. La primera fase consistió en recopilar toda la toponimia de las hojas del mapa 1:5000 de la Comunidad de Madrid, lo cual dio un total de 45.102 topónimos. Este trabajo lo desarrolló un equipo interdisciplinar de la Universidad Autónoma de Madrid que requirió de la ayuda del Centro de Cálculo (organismo ya inexistente) que tenía un procesador VAX 11/780, con nada más y nada menos que ¡8 MB de memoria!  Hoy estos aparatos están en los museos y si aparecieran las unidades de almacenamiento nadie podría leerlas… Más adelante se vaciarían otras fuentes y, tras terminar la fase pasiva vendría la recuperación en sí, intentando coordinar (si es que se dejaban) a los organismos productores de cartografía. Trabajo abortado e inútil, salvo que alguien decidiera volver a cargar la información recopilada en otro formato, cosa harto improbable.

Uno de los cuatro tomos de la recopilación

Este fue uno de los casos en que me pagaron por hacer algo que yo estaba dispuesto a hacer gratis y, en efecto, lo hacía, aplicando en horas de trabajo lo que aprendía fuera y a la vicevérsica. Tengo arrumbados en el trastero una cantidad indeterminada (del orden de 10.000) fichas de toponimia madrileña, de oronimia del Sistema Central y de léxico relacionado con la Naturaleza. Todo ello analógico (en papel), con lo que su utilidad actual es casi nula; si yo fuera rico, financiaría la recuperación y uso de estos materiales, pero me temo que va a ser que no.

Aquel trabajo fue a la española: “arrancada de caballo cordobés y parada de burro manchego”. Claro que no fue culpa nuestra que la Diputación desapareciera con el advenimiento del Estado de las Autonomías y que el equipo se disgregase. En vida del Servicio no se llegó a nada, aparte de acumular una voluminosa recopilación sobre el tema. En lo público esta simiente, debidamente cuidada, dio algunos frutos. Podría decirse que en la Colección “Nuestros Pueblos” (que vio la luz ya instaurada la Comunidad de Madrid) se refleja parte de este trabajo, pero para ese viaje no hacía falta tanta alforja. Así mismo, son en cierta medida herederos de aquella actuación el Nomenclátor de la Comunidad de Madrid de 1986 y la codificación de cauces del 2009. En lo privado, redacté un trabajo íntimamente ligado con la fitonimia, pero hasta ahora ha permanecido inédito, como lo ha estado el trabajo sobre las dehesas donde se entra en la relación entre esta palabra y los diferentes entes territoriales a los que se ha aplicado y aplica.

Abandoné  estos asuntos en 2006 mientras trabajaba en la toponimia de Vicálvaro. El motivo fue doble: el principal, la sensación de que debía arrojar lastre si quería llegar a puerto con lo principal de la carga (véase el efecto Mahfuz); el secundario, que me faltaba fundamento teórico en el campo de la lingüística. En teoría podría haber emprendido estudios a este respecto, pero el factor aludido en primera instancia lo hacía inviable.

Recopilación de la toponimia del término municipal de Vicálvaro, conteniendo 2.667 registros

Posible era, por mi propia experiencia; a pesar de que me gusta despotricar constantemente sobre este mi país, reconozco que hay algunas cosas buenas. En 1981 estaba con el tema de la fisiografía histórica de Madrid y alrededores (fundamentalmente en el Archivo de Villa, cuando aún estaba en la Casa de la Panadería, en la Plaza Mayor) y, a pesar de que lo fundamental era del XVIII, aparecían documentos anteriores en los que no entendía nada. Me enteré de que, habiendo hecho el curso Preuniversitario (el preu) y teniendo más de 25 años, te podías matricular en la U.N.E.D. en cualquier asignatura de cualquier año de cualquier carrera. Lo hice en Paleografía y diplomática (de 3º de Historia, si mal no recuerdo) y pude salir adelante. Supongo que esto mismo se puede seguir haciendo hoy en día, o sea que si algún aficionado se queja de que no entiende la letra de los papeles viejos, que se aplique el cuento. Aunque, a fuer de sincero, con esto ocurre como con el sexo: si bien son necesarios unos fundamentos teóricos, la clave es practicar y practicar, porque no hay una persona ni un escribiente igual.

Todo esto en lo que podríamos llamar “toponimia pasiva”, es decir, la que afecta a su recogida, análisis y plasmación en diferentes tipos de registro; incluso en los casos en que se haya llevado a cabo (o intentado al menos), limpiar, fijar y dar esplendor.

Pero hay un campo mucho más difícil de labrar: el de la “toponimia activa”, porque en ella hay políticos de por medio; me refiero a la intervención en el callejero y otros elementos urbanos de nueva creación. Trabajando en equipo en Vicus Albus conseguimos que el callejero de los nuevos barrios del distrito reflejara hechos sustantivos relacionados con la geografía y la historia del terreno en el que se crearon y no hechos banales traídos sin sentido. De las tres propuestas que la asociación hizo al Ayuntamiento durante mi permanencia en la asociación, participé en dos: Valdebernardo y La Catalana (la primera es la más importante, pues el barrio cuenta con unos 18.000 habitantes).

Descargar PDF con el informe/propuesta de Vicus Albus (30 MB)

El intento se coronó con un 31 % de éxito (9 vías sobre un total de 28 posibles) y goza de la aceptación del público (de lo cual teníamos dudas, por no ser de gente famosa ni hechos de relumbrón). No obstante, el famoseo toponímico, acabó infiltrándose, con Estrellita Castro incluida…

Tomado del anuario del 2019

Parte del fracaso se debe a la abortada operación de la esfera armilar que estaba proyectada; los nombres del viario asociados a ella se fueron al carajo, siendo sustituidos por prohombres del P.S.O.E., dado que la cooperativa hegemónica (P.S.V.) estaba estrechamente vinculada a la U.G.T. El caso es que también la cooperativa se fue al mismo lugar, pero los rótulos ahí quedan.

En el apartado dedicado a mi patria chica original (Chamartín de la Rosa) les cuento el, a mi juicio, lamentable y único caso de un pueblo anexionado que se ha quedado sin dar nombre a su estación de metro (en la otra punta de la misma línea 9).  Estuvimos en un tris de padecer la misma injusticia, pero desde la mentada asociación corrimos al quite para evitar que nos ocurriera algo parecido. La empresa del metro tenía previsto llamarle a la estación central de Vicálvaro “Universidad Rey Juan Carlos” porque las bocas están junto a este centro (el que dice ser “Campus de Madrid” porque, siendo cierto, lo de Vicálvaro les debe dar vergüenza). Tras una corta pero intensa campaña conseguimos que se llamase Vicálvaro, porque si no, el tubo atravesaría el distrito entero sin hacer referencia al topónimo multisecular.  Y eso sin saber lo que le iba a caer al tal Juan Carlos  más adelante…

Finalmente, habría que hacer una distinción entre toponimia extractiva y proyectiva. En la primera el ente nombrador escoge para crear el topónimo una o varias características (físicas o culturales) del elemento a nombrar; en la segunda toma un nombre de la cultura vigente y lo aplica al terreno. La primera es la arcaica y posiblemente única durante muchos milenios; esta es la única útil en sentido geohistórico, porque nos habla del territorio y las circunstancias del elemento o lugar nombrado en el momento en que se generó el topónimo; la segunda sólo nos ilustra sobre la ideología del nombrador. Al lector culto ya le habrán venido varios ejemplos a la mente pero, por si acaso: el topónimo Fuente de la Marroquina, bien documentado, nos indica que hubo allí un manantial en algo relacionado con una mujer procedente de Marruecos. Hoy día no existe la fuente y nada sabemos sobre la persona, pero ahí queda la información y una calle y un barrio dedicados a esta buena mujer. [Inserto: lo de “procedente de Marruecos” puede no ser tan transparente ni lineal: véase mi artículo Algunas notas acerca del apellido “Marroquín”]

Calle Marroquina
Fuente: Google Maps

Aunque en nuestros años de la Asociación de Vecinos de Moratalaz Oeste despotricamos cantidad (y con motivo) de la empresa inmobiliaria que construyó el barrio (URBIS S.A.) hay que reconocer que a este respecto su postura es de agradecer ya que usó tanto como pudo la toponimia extractiva. Nuestro barrio, por ello, está más lleno de significantes y es un poco más culto que la competencia del norte: los de Banús, que nunca se podrán salvar de la sarta de vírgenes de los barrios de La Concepción y El Pilar (proyecciones de la mentalidad del promotor).

Pero también la toponimia extractiva hay que hacerla con tiento y circunspección. Se dio el caso de que en la propuesta de ordenación toponímica de Valdebernardo no pudimos usar el nombre de “Fuente Carrantona” (que está dentro del polígono de Valdebernardo) pero que fue usado previamente para nombrar una vía de Moratalaz Este, a kilómetro y medio de la fuente propiamente dicha. Un hurto toponímico. Por otro lado, la calle de Valdebernardo no está en Valdebernardo (Vicálvaro), sino en Pavones (Moratalaz). Surrealista.