Ante os Montes y Trás-os-Montes

Aquel año tocaron vacaciones ecologistas: un grupo de miembros de AEORMA decidimos irnos a Los Ancares gallegos a emular a Javier Castroviejo Bolíbar si nos encontrábamos con Manuel Fraga Iribarne cazando urogallos. Es un decir, porque ni nos preocupamos de investigar la agenda del Sr. Ministro ni pleno verano es temporada de apareamiento/caza de este animal, que hasta 1980 estuvo aún permitida. Sí que aprovechamos para conectar con las fuerzas vivas de alguna localidad con la doble intención inherente a los que militábamos en la ecología política: ecosistemas y antifranquismo. A diferencia del artículo anterior, realmente no me acuerdo de cuál fue el pueblo donde nos sucedió el caso que a continuación les narro; bien pudo ser Piornedo u otro de los alrededores.

El caso es que un miembro notable de la comunidad, posiblemente el mismo alcalde, nos guio por el monte para enseñarnos algunas de las maravillas naturales que había en su término, como el magnífico carvallo que se ve a la derecha.  Tras la excursión, confraternizamos en el bar, charlando de política; hacía pocos meses que había muerto Su Excremencia  y el potaje que se estaba guisando en todos los conciliábulos de país era de no te menees. El caso es que este buen hombre era carlista (un cacique de los de toda la vida) pero había recibido órdenes de aliarse con los rojillos, coyunturalmente, por supuesto. Eran los tiempos de la recién estrenada Platajunta y allí cabía de todo: Carlos-Hugo de Borbón-Parma y Borbón-Busset, Duque de Parma, etc. y jefe del cotarro, pretendía pillar cacho para la línea carlista de aspirantes al Trono y tenía que estar dentro, vistos los vientos que soplaban.  Por otro lado, el citado Javier Castroviejo, con los años acabó colaborando con la Fundación FAES, una hijuela tardía del fraguismo. Cosas veredes…

Tras Ancares nos dirigimos al sur de Orense y norte de Trás-os-Montes, con la intención principal de conocer el Parque Nacional de Peneda-Gerês. Este parque era realmente muy bonito, quizás demasiado bonito, pareciendo en algunos casos más un parque periurbano que un espacio natural protegido, por la cantidad de especies exóticas allí plantadas (al menos en las llamadas “Áreas de ambiente rural”).  La primera impresión, no obstante fue bastante desagradable: en el paso fronterizo de Compostela (Manín, Baixa Limia, Ourense) / Lindoso (Ponte da Barca, Viana do Castelo, Minho) del lado español había un pinar recién quemado y un puesto fronterizo pretencioso y descontextualizado; una muestra de arquitectura desarrollista y hortera diseñada en cualquier despacho quién sabe dónde, sin haber visitado el lugar (o, peor aún, habiéndolo visitado y despreciando el paisaje natural y la arquitectura autóctona). Del lado portugués, una casita de madera pintada de verde, con unas contraventanas estilo Hansel y Gretel. Todo un símbolo de las diferencias de carácter entre ambos países, por mucho que entre miñotos de la orilla derecha y de la orilla izquierda las diferencias sean mucho menores.

Paneles informativos del Panque Nacional de Peneda-Gerês

Según compruebo ahora por medios telemáticos, los portugueses derribaron la casita y han construido un paso fronterizo más grande que el español (aunque con una arquitectura más respetuosa con el medio ambiente y la cultura local). Aparentemente ganaron ellos en esta estúpida y eterna confrontación fraternal entre ambos países; pero, como en tantas otras guerras, perdimos todos pues ambos edificios son ya dos mamotretos obsoletos.

Alguien definió muy acertadamente la relación entre ambos países como la de dos “hermanos siameses unidos por la espalda”: ninguno parece querer ver al otro. Y cuando se miran, la relación es completamente asimétrica: ellos nos odian y nosotros les despreciamos (quítenle grados a ambos verbos si quieren, pero las cosas van por ahí). Muy lejos de las afinidades y complicidades que hay entre los estados del Benelux o los escandinavos, por ejemplo, aunque ellos también tuvieron sus guerras en el pasado. A los castellanos más ultramontanos (el núcleo duro de la Hispanidad) no les gusta que se independizasen (dos veces); Cataluña también lo intentó otro par de veces y no lo consiguió, lo cual también marca a los españolistas. Como, además, son aliados históricos de la pérfida Albión, pues llueve sobre mojado. Actuaciones acomplejadas / hostiles como las recientes de José Mourinho no contribuyen a arreglar mucho las cosas; más gente atiende a declaraciones de personas de este estilo que a las de los mandatarios ibéricos que se reúnen de vez en cuando soltando palabras bellas y convencionales que no varían el rumbo secular.

En otro viaje, entre Guarda y Ciudad Rodrigo, nos paró una pareja de los picoletos portugueses  porque no llevábamos la pegatina con la “E” como identificador del país del vehículo. Estaba en lo cierto: por entonces era obligatorio, pero lo significativo no es que citase un artículo del código para multarnos, sino que arguyó “em Espanha também param os portugueses por não levar a P”.  Y lo lamentable es que, a pesar de tener razón, usara una razón tan mezquina como esa.

A pesar de todo esto (o independientemente de todo esto) he vuelto a ir por allí varias veces. Me caen bien. Me gustaría formar con ellos en algún momento la República Federal Ibérica y festejarlo con un buen pata negra  a cualquier lado de La Raya o en ambos.