Ayahuasca: para olvidar

Al igual que ustedes a mí, podría citarles un montón dc casos en los que era y es de aplicación el aforismo de que “la primera impresión es lo que cuenta”; pero también otros tantos en los que no es así, que sólo averiguas la verdad sobre algo o alguien tras muchas impresiones, porque “nada es lo que parece”. Con Iquitos nos ocurrió lo primero. Veníamos, tras una corta escala en Miami, de Nueva York  y allí hacía un

frío espantoso: soplaba un ligero canadian, pero lo suficiente para que yo sintiera frío en el globo ocular, cosa que no recuerdo que me haya ocurrido en otras ocasiones. Eso quiere decir que llevábamos el plumífero aún bajo el brazo al aterrizar a sólo 3º al sur del ecuador. Y nada más abrir las puertas del avión sentimos una bofetada de aire caliente, húmedo y con un olor que no sabíamos identificar, entre madera podrida y humus profundo: el olor de la Amazonia. Sin fingers, ni autobuses ni nada parecido: una inmersión directa en la sopa ecuatorial, sobre el plato recalentado de la pista.

La ciudad en sí no tiene nada de especial, salvo estar donde está, que no es poco. Una ciudad a la que no se puede llegar por carretera es algo que impacta a un europeo. Un sitio donde hubo tal cantidad de dinero que se permitieron el lujo de encargarle una casa de hierro a un arquitecto europeo y llevarla desmontada hasta allí. Un mundo propio del realismo fantástico de Cien años de soledad o de la fantasía realista de Fitzcarraldo. Tiene la ventaja paisajística de que la basura queda pronto tapada por la exuberante vegetación, al contrario de lo que ocurre con Lima, rodeada de desierto.

Pero, Amazonia aparte, lo que hizo que a nosotros nos resultase memorable esta ciudad no fue la ida sino la vuelta (por el mismo camino). Llegado el día nos personamos en el pequeño aeropuerto, sacamos nuestras tarjetas de embarque… y al llegar a la pista encontramos a un milico que, fusil automático en mano, nos dice que no se puede subir al avión. Había otros empleados de la compañía y del aeropuerto por allí, pero la imagen del cachaco andino era lo que se magnificaba hasta hacer desaparecer el resto del paisaje. No quisiera hacer leña del árbol caído, pero creo que la compañía era la Faucett. Y el motivo era bien simple: overbooking; el aparato venía de Lima y completo. En España comenzábamos a disfrutar de lo que sería un estado de derecho y aquello era realmente inconcebible; insufrible. Era nuestro primer viaje a América y unos de los primeros transcontinentales y el mundo se nos vino encima. Lágrimas de rabia e impotencia; eso fue lo que pasó; así de sencillo. Naturalmente, un corresponsal de guerra en Sierra Leona se reirá de nuestras tribulaciones pequeñoburguesas, pero nosotros no sabíamos que aquello fuera una guerra: la batalla de todos contra todos; la ley de la selva en medio de la selva.

Para pasar el día nos metimos en una papelería-librería y compramos varios libritos de autores nacionales, que difícilmente se encontrarían fuera de allí. Ya conocíamos la ciudad del viaje de ida y no estábamos con humor para turistear. Al hotel, con el aire acondicionado y a pasar el chaparrón, sin pensar demasiado en lo que podría pasar al día siguiente, o al siguiente del siguiente… Uno de ellos se titulaba Ayahuasca: mitos y leyendas del Amazonas. Y lamentamos no tener a la mano una buena ración de este brebaje pues habría sido mejor alucinar que ser conscientes del palo que habíamos recibido.

Pero, mira por donde, al día siguiente nos subimos al avión sin más problemas… pero no acabó ahí la cosa. Una vez de vuelta en Nueva York, y en el hotel donde se supone que la agencia había reservado habitación (prepagada por nosotros), el recepcionista miró el voucher como si fuera la tarjeta de presentación de un marciano infecto. Pagamos con tarjeta, pues (con la bacaladera, como entonces se estilaba; sin conexión a ninguna red). Pero a eso de las dos de la mañana se presentó otro recepcionista, acompañado por el gorila del hotel, porque éramos sospechosos de latrocinio. Según dedujimos después, yo había perdido la tarjeta meses antes e informé de ello a la compañía; luego la encontré y seguí adelante tan tranquilo. Pero, para los gringos, “desaparecida” se entiende stolen y nos conminaron a pagar en metálico; gracias a que, por casualidad, llevábamos 100 pavos no dormimos aquella noche en comisaría y vaya usted a saber qué más. Moraleja: un viaje no acaba hasta que estás definitivamente en casa de nuevo y siempre hay que llevar una reserva contante y sonante.

Lo que más temíamos (haber perdido la conexión transatlántica), por suerte, no ocurrió. Le explicamos al personal de KLM lo sucedido y nos admitieron. Para ello, buscando cierta complicidad entre europeos,  tuve que referirme al país de donde veníamos como “the jungle”, con cierta mala conciencia, porque Nueva York  también podría ser considerado “an urban jungle”. Para que este relato les suene más remoto e histórico a los jóvenes les diré que en aquellos tiempos había aviones que volaban con asientos vacíos… y para relajo final, te dejaban fumar en la parte de atrás. Con ayahuasca tal vez lo habríamos olvidado todo, pero no fue así, por lo que ahora podemos contarlo.