El falso crimen de Cuenca

Eran los años del “contigo pan y cebolla”: mucho amor y poco dinero; pocos años y cuerpos recios. Además, un cierto populismo nos llevaba a despreciar los alojamientos convencionales, suponiendo que los fuéramos a encontrar por esos pueblos perdidos, dejados de la mano de Dios y de la Diputación Provincial. Además, en medio de los espacios naturales y rurales, no solía haber otro tipo de alojamientos. Por ende, durante casi una década buscábamos edificios agrarios para pernoctar (una okupación light, si me permiten la expresión). En toda la cordillera ibérica o, al menos en las tierras altas de Soria, Guadalajara y Cuenca, hay cientos de edificios pecuarios conocidos como taínas en la primera y parideras  en la segunda y tercera  que, para cumplir su función de alojamiento para el ganado (principalmente ovino) convienen que estén en sitios razonablemente llanos, con caminos carreteros y agua cerca, etc. En tiempo de aguas, nieves y escarchas, en ciertos entornos, era la única alternativa, porque montar la tienda y desmontarla mojada o escarchada era un auténtico engorro. Y para los finolis que les repugne el olor animal, les diré que la sirle seca no huele prácticamente a nada y no íbamos a ser tan idiotas de ponernos encima de la reciente, si la hubiera o hubiese. De hecho, ningún buen ganadero deja parir a sus animales en pleno invierno, por lo que estos edificios no se usan salvo en caso de nevadas intensas.

El Dosca cubierto de escarcha junto a una paridera.

En un lugar de la Serranía de Cuenca de cuyo nombre me  acuerdo perfectamente pero no les voy a contar, a la caída de la tarde le echamos el ojo a uno de estos establecimientos; nos apropiamos de él, cenamos y nos metimos al saco. Pasado un tiempo, antes de caer en brazos de Morfeo, un par de poderosas linternas nos alumbraron (invisibles los que las portaban), mientras alguien (que entonces ya entendimos quiénes eran) nos pidieron que nos identificásemos. Temiéndonos lo peor (dormir en el calabozo) echamos mano de la documentación y por no sé qué rápido reflejo (extraños en mí), decidí presentar el carné de la Federación Española de Montañismo. Fue mano de santo: a la pareja de

la Guardia Civil, en cuanto vio la banderita rojigualda le faltó poco para cuadrarse. Una breve y relajada charla, prometiendo que lo íbamos a dejar todo como estaba (solíamos dejarlo siempre igual o mejor) y buenas noches. Salieron más enfadados con el paisano que con nosotros, pos hacerles salir del cuartelillo, total pa ná.

Tras el incidente, el denunciante nos explicó su actuación diciendo que en las últimas semanas le había robado ovejas y que “la noche es mu mala, pone la cabeza como un cesto” (frase que quedó incorporada a la jerga familiar cuando nos encontrábamos a alguien con la cabeza llena de agujeros, por donde se le salían las pocas ideas que pudiera concebir). Pero, alma de cántaro ¿Quién roba ovejas con un dos caballos y se queda a dormir en el lugar de autos? También nos enteramos que cuando vio la linterna frontal ir y venir al arroyo se asustó y, dejando su propia furgoneta aparcada, se fue caminando hasta el pueblo (más de cinco kilómetros) para dar el aviso a La Benemérita. Menos mal que, a pesar de considerarnos cuatreros no se tomó la justicia por su mano, como se hacía en el salvaje Oeste.