J.S. Bach en Tombstone

Este episodio ocurrió durante mi segundo viaje a los Estados Unidos del Centro de Norteamérica (los que se arrogan el nombre de “Estados Unidos de América” olvidando que existen los Estados Unidos Mexicanos, en el sur de Norteamérica). Era obligado ir al Far West, no sólo por ser un territorio icónico, sino por la cantidad de bellezas naturales que contiene, más allá de mitos y ritos. Llegados a este punto me veo en la obligación de hacer constar mi profundo desagrado por otra usurpación toponímica llevada a cabo por los gringos: nada más y nada menos que de todo un punto cardinal, de un hemisferio. Tras décadas y décadas de machaqueo fílmico, una peli del Oeste no se desarrolla en Portugal (si vives en España: ejemplo) ni en Chequia (si vives en Eslovaquia: ejemplo). Aún me acuerdo de un programa radiofónico titulado Vuelo 605 en el que se dedicaba un tiempo apreciable a la música country. Su creador, Ángel Álvarez, se refería a veces a este estilo como “música campesina del Medio Oeste”; es de agradecer que usara esta locución en castellano para sustituir al vocablo en inglés, al revés de estos tiempos en que se usa el inglés para cantidad de conceptos que tienen su cabal expresión en español (esas décadas de machaqueo no han sido en balde). Pero al oír esa frase yo pensaba en León (en nuestro Mid-West) y aquello de Arriba, abajo, que a mi novia le he visto el refajo…”.

Perdón por el rollo; prosigamos: Uno de los lugares míticos de este género cinematográfico es Tombstone (Arizona), donde hicimos noche, procedentes de Bisbee y camino del Parque Nacional Saguaro. Como tantos otros lugares relacionados con la minería de oro, tuvo su apogeo a

finales del siglo XIX y hoy es poco más que un decorado, con unos 1.300 habitantes, cuya mayoría vive del turismo. En España pasan cosas similares, con un tempo mucho más largo y una intensidad menor: es el caso de Pedraza, que fuera cabeza de una Tierra medieval y que hoy no llega a los 300 (algunos fines de semana, hay menos personas censadas que turistas).

Como es un sitio turístico, hay una oferta relativamente variada de establecimientos de hostelería; nosotros elegimos para cenar un restaurante; no recuerdo cómo se llamaba, ni el motivo de la elección. Pero comprobamos que era un sitio sofisticado, no un comedero de hamburguesas. Decoración vintage, lógicamente, no se sabe si mantenida de época o reinventada. La propietaria/camarera parecía una hippie retirada: falda floreada hasta el suelo, botas de montar y cabellos grises recogidos en una cola de caballo. La sofisticación gastronómica entre los estadounidenses puede consistir en que el beef steack lleva tres cosas de guarnición en vez de sólo una; allí, además, tenían tarta de ruibarbo de postre.

Pero el toque de clase definitivo era que no sonaba música country, sino europea y antigua: una de las piezas era la Suite para orquesta nº 2 de Johann Sebastian Bach (BWV 1067). En un momento dado de la evolución de mis gustos musicales esta composición fue el súmmum; ese camino me llevó de Chaikovski y Grieg hasta Palestrina y Victoria (involución, más que evolución, pues) y en medio estaba el genio de Eisenach. Además de parecerme una belleza, era música facilona y pegadiza (bailable, en definitiva) y la oí tantas veces que acabé sabiéndomela casi entera de memoria. Así que, mientras esperábamos (solos en el establecimiento), me dio por silbarla.

La mesonera, tan cool ella, se quedó pasmada y mostró su admiración. No preguntó si todos los europeos éramos así, pero tal vez lo pensase. A mí me habría gustado que lo pensase: que mientras ellos venden el salvaje oeste, en el este (para ellos) civilizado podían pasar esas cosas. “Civilizado”, si olvidamos, por ejemplo, el bombardeo de Leipzig (ciudad de fallecimiento de J.S. Bach) en 1943. El mismo Leipzig que estuvo en la Alemania Oriental y ahora ya está en Occidente.