Kanji

Agosto nunca fue el mes que elegíamos para disfrutar de las vacaciones: en el hemisferio Norte demasiado calor, espacios atestados, precios altos, etc. En el hemisferio Sur, frío y días muy cortos. En las zonas de montaña, que hemos frecuentado mucho, ya no quedan por entonces  las condiciones ambientales del principio del verano, ni clima ni flora. Pero a la fuerza ahorcan: algunos años la empresa de mi compañera de viajes cerraba obligatoriamente este mes, y como teníamos que ir a Japón un año u otro, tocó el 2005.

Somos hispanos mesetarios y estamos acostumbrados al calor, pero al calor seco. Y allí el verano es insufriblemente húmedo, con razón la mayoría de los autóctonos que hacen turismo interior prefieren tomar vacaciones en primavera (cerezos en flor) o en otoño (follajes rojizos), salvo las fiestas locales. Suponíamos que Tokio era muy ruidosa (como toda mega ciudad), pero no nos imaginábamos que también en los parques las cigarras producirían un atorrante ruido ¿Será imaginación nuestra que el ruido también da calor?

Una vez establecido el marco temporal forzado, el azar (no habíamos caído en ello) nos colocó en Hiroshima el día 6, día de la conmemoración de la caída de la bomba atómica, en 1945. En el Parque del Memorial todo estaba preparado por parte de las autoridades y los asientos y el

Parque del Memorial (Hiroshima, 06/08/2005, 08:15)

de la ceremonia ocupaban el centro de la plaza. Pero en los alrededores grupos antinucleares (de verdad) pedían firmas contra cualquier intento de nuclearizar aún más el mundo, no sólo por parte de los Estados Unidos, Rusia, etc., sino contra la tibieza de algunos mandatarios japoneses frente al tema. Por supuesto, firmamos donde había que firmar y tuvieron la gentileza de regalarnos un origami de grulla, uno de los animales más venerados por ellos, si no el más. Los orientales, siempre tan considerados; aquí a veces no te dan ni las gracias.

Nos teníamos por intelectuales, es decir, por gente que usa principalmente el intelecto para comprender el mundo y sus avatares, pero es forzoso reconocer que estar allí precisamente ese día, visitar el museo del horror y tratar con los hijos y nietos de los supervivientes nos afectó a flor de piel. Una cosa es saber lo que pasó y otra sentirlo tan cerca. Le caímos bien a la guía, porque hacíamos fotos no solo de los monumentos (como la mayoría de los guiris), sino a los detalles mínimos de la cultura japonesa y por llevar un cenicero de mano para no tirar las colillas, habida cuenta de la inexistencia de papeleras. También ella nos cayó bien y decidimos participarle nuestro sentimiento internacionalista y antinuclear mandándole una postalita al volver a casa. No se trataba o, al menos, no se trataba solamente de mostrar solidaridad; hace tiempo que sé que en casi ninguna situación hay inocentes. Japón no ha mostrado suficiente arrepentimiento por las atrocidades que cometió, fundamentalmente en China y Corea. Por eso, en el correo en que se la enviamos recalqué que la paz era un deseo “for people with good will” y no para todos.

Está confeccionada con el kanji que significa “paz”, unas ramas de pino (que simbolizan la permanencia y durabilidad) y unos fuegos artificiales fotografiados en el Hanabi-Taikai de Adachi-ku  el 28 de julio de ese mismo año.

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