Militancia

Una vez superada la etapa estudiantil, al salir al mundo real, una de las primeras aplicaciones de mi tendencia a contar cosas (gráficamente, en este caso) se desarrolló en las diversas asociaciones y entidades ciudadanas de las que formé parte (al menos en las no clandestinas, que de esas, si queda algo, estará en los archivos de la policía).

Comenzando en 1971-1973: Comenzada mi vida independiente (recién casado y viviendo en Moratalaz, el barrio de mi mujer) andaba haciendo labor en la Asociación de Vecinos, el Centro Cultural y, más concretamente, su Cine-Club. Aparte de las cosas de la política (o como parte de ella) estuve un corto tiempo a cargo del boletín del Centro Cultural (el actual C.E.P.A., porque entonces no existía ninguno de los tres actuales). La visión que teníamos unos cuantos enanos infiltrados de la educación de adultos consistía en intentar quitarles del cerebro los miedos y las telarañas que habían dejado en ellos los tres años de guerra, diez de posguerra y treinta de pertinaz sequía. Y, para que la descompresión no resultase traumática, se me ocurrió echar mano de un símbolo del progreso de origen decimonónico aparentemente nada revolucionario: la antorcha del Progreso.

El diseño, habida cuenta la falta de imaginación aludida en el apartado anterior, es una copia; más bien una interpretación del logotipo de los “Almacenes Progreso”, que aún funcionaban entonces, en la Plaza de Tirso de Molina (antes del Progreso). Por si quieren saber algo más sobre esto:

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Si hubiera sido neoyorquino, habría empleado como inspiración la antorcha de la Estatua de la Libertad.

El Cine-Club fue uno de los motivos de mi llegada al barrio y allí fue donde conocí a la que luego sería mi compañera de toda la vida, a la sazón presidenta de dicha institución. Aparte de proyectar Octubre, El acorazado Potemkin y otras películas prohibidas también hubo otras normales (en la línea de lo que por entonces se llamaba cine “de arte y ensayo”). A pesar de que hablar en público siempre me ha dado angustia me tocó presentar algunas (recuerdo como especialmente agobiante Kanal, de Andrzej Wajda, que ya lo es de por sí). Realmente a mí lo que me gustaba es estar calladito en un rincón, con mis Rotring y mis tramas, haciendo carteleria que pretendía ser Art Deco:

Cartel “histórico”, no por su trascendencia, sino por referirse a  un barrio y una toponimia ya extintos: ya nadie sabe de los polígonos en que URBIS había dividido el barrio, ni Correos tiene allí su oficina pública, ni siquiera existe ya la urbanizadora.

En el terreno de la ecología política también tuve que / me di el gusto de diseñar algunas cosas, como estas, ambas de 1976, ambas estando dentro de AEORMA:

Folleto divulgativo sobre la actuación y finalidad de la
Asociación Española para la Ordenación del Medio Ambiente

Cartel anunciador de un acto

Par contar toda la verdad, la ilustración base fue obra de El Cubri (que trabajaron tan por amor al arte como yo), limitándome a hacer la basura un poco más realista y la composición final.

Volviendo al barrio, enseño aquí (no sin algo de vergüenza), mi labor de “grafitero”. Tienen que entenderlo: 1977, las primeras elecciones democráticas en casi sesenta años, mucha ilusión y mucha ignorancia sobre el estado real de opinión del país, debida a la falta de libertad de expresión. En ese caldo de cultivo surgieron, como setas, decenas de grupúsculos de extrema izquierda: la candidatura que propugnaba esta pintada consiguió en Madrid 5.206 votos (el 0,03 del total nacional; el 0,20 si se juntan todas las marcas del Movimiento Comunista en España). Menos de lo que juntaba cualquier conjunto mediano de rock). Nos caímos del burro (pluralizo, entre otras cosas, porque mi joven esposa e inexperta política iba en esa lista) y comenzó mi desencanto. Mayor desencanto aún sufro hoy día, viendo que los jóvenes actuales ensucian paredes exclusivamente para alimentar su ego.

Como verán, el mural tenía el mismo estilo ingenuo que usó José-Ramón Sánchez trabajando para el PSOE. Fin de la historia.

Visto que no podía cambiar el mundo en general, reduje el ámbito de acción, tanto territorial como temático. Por esas fechas me uní al naciente movimiento ecologista actuando en varias organizaciones simultánea y sucesivamente. Estando en el Grupo Abierto de Ordenación del Territorio, GATO (compuesto por cuatro gatos) y participé en la campaña para intentar evitar una normativa urbanística para el municipio de Hoyos del Espino (Ávila), que incluía una estación de esquí. Para una especie de panfleto destinado a los vecinos de dicha localidad dibujé esto:

Lo mejor que puedo decir del dibujo fue el comentario de mi admirado Fernando González Bernáldez: “Menos mal que sirve para algo lo que os enseñan en la facultad”. Se refería a la técnica de confeccionar bloques-diagrama, para lo que, por entonces (1977) no había herramientas informáticas. Él era un ejemplo de cómo se podía y debía unir la investigación y la enseñanza académica con la acción política al respecto y el croquis le pareció una adecuada aplicación de sus enseñanzas. También le gustó a la Real Sociedad Española de Alpinismo “Peñalara”, que lo publicó en el número 409-410 de su revista, aunque quitándole todo el hierro panfletario. Nuestro contraplan no se aprobó, pero la estación no se construyó (por lo que, supongo, los vecinos de Hoyos nos odiarán eternamente)

También estuve en varias coordinadoras ciudadanas para la defensa de los parques madrileños (retomando mis orígenes jardineros), para las que hubo que diseñar diversos elementos:

Invitación a un acto propagandístico sobre el monte de El Pardo (1978)

Pegatina en defensa de la Casa de Campo (1978)

Finalizada mi labor en el movimiento ecologista y de nuevo en los barrios, me cupo el honor de formar parte activa del homenaje que se brindó en 1996 a Theo Francos († 2012), miembros de las Brigadas Internacionales que estuvo en el frente de Arganda-Vaciamadrid-Vicálvaro. Entre otros muchos actos, en su segunda visita a nuestro local (la primera había sido diez años antes) le hicimos entrega del diploma que seguidamente muestro. El papelito era más bien poca cosa, en comparación con lo que él, entre tantos otros, hicieron por la República y la democracia; pero le trasmitimos claramente que algunos aún les teníamos en nuestros corazones y en nuestra memoria.