Etnofotografía

Ya les conté en el capítulo de fotografía que retratar personas no es lo mío; pero hay un apartado que me resulta particularmente odioso: la etnofotografía. Tal vez haya algunos que la practiquen con sincero afecto por las personas retratadas, pero más a menudo es la prolongación del colonialismo. En cualquier caso, coloca una barrera entre el fotógrafo (siempre más rico y culto) y el fotografiado (muy a menudo de una etnia diferente y considerada inferior, por mucho que lo nieguen). Tengo edad para haberlo sufrido en carne propia (por empatía), cuando los turistas nórdicos iban a Mijas en los años 60 del siglo pasado a fotografiar a los burros mayormente. Spain is different!

La fijación definitiva de este odio ocurrió en 1981 a orillas del Amazonas. Embarcamos en Iquitos rumbo este (aguas abajo) para ir al lodge semi-selvático donde habíamos reservado plaza. En el mismo embarcadero vimos algo que nos resultó absolutamente chocante: una de esas cosas para las que las neuronas requieren cierto tiempo para recolocarse: algunas naves de la Flota Peruana del Atlántico. Como le leen.

Navíos de la flota peruana del Atlántico en el puerto (fluvial) de Iquitos (1981)

El Amazonas es joven allí: aún le faltan más de 2.000 Km. Llegar para endulzar el Atlántico, pero para gente de secano como nosotros aquello era para quedarse con la boca abierta. No pude sino recordar con sorna y pena las importantes sumas que se gastaron en época de los Austrias para hacer navegable el Manzanares y llegar hasta Lisboa en barco. La lujuriante vegetación, los fabulosos cumulonimbos diarios, la densidad de pequeños transbordadores funcionando como autobuses urbanos… Todo eso no significaba nada para el gringo que iba en la misma barca que nosotros. Hablando de vegetación: vean lo que nace allí en las cunetas: plantas de Caladium por las que aquí podemos pagar hasta 10 €:

Caladium en una cuneta. Amazonía peruana (1981)

Nada más llegar al alojamiento y tras el cóctel de bienvenida nos montaron un espectáculo seudoetnográfico en el que varios indígenas y mestizos ikitu hicieron todo tipo de demostraciones. Pues allí el gringo les tiró un par de carretes como poco.

Indígenas en un espectáculo para turistas. Amazonia peruana (1981)

Como ven, yo hice una foto, más que nada para que no lo considerasen un desaire, después de las molestias que se habían tomado para disfrazarse y demás. Porque, una vez concluido el show, se quitaron las faldas de paja y se volvieron a poner los vaqueros y las camisetas que habitualmente usaban. Pero esto el gringo no lo quiso ver; ya había cobrado las piezas necesarias para epatar a sus vecinos WASP  y no iba a dejar que la realidad le estropease una buena noticia. En este caso, la mayoría de ellos hablaban español, mejor o peor, y era fácil entenderse; pero muchos hombres blancos no quiere entenderles, quiere retratarles para sentirse satisfechos sintiendo que ellos (los blanquitos) no son así, thanksgiving.

Haciendo de abogado del diablo, hay que decir que los propios indígenas, si no están maleados por el turismo, ven las fotos de los extranjeros como algo de lo que sentirse orgullosos. También hoy día, en los países desarrollados, la gente hace todo tipo de cosas para salir ante las cámaras de televisión en una retransmisión deportiva.

Tuve que dar un pequeño salto en el tiempo y grande en el espacio (Yemen, 1987) para entender que así podía ser. No era nada infrecuente que se nos dirigiese la gente (fundamentalmente niños, pero también mayores) para pedir que les sacásemos; en ocasiones, podría decirse que casi exigiéndolo. No hay que olvidar que hasta 1972 no se dio por acabada su guerra de independencia y la apertura al turismo era muy muy reciente: eran sencillos y naturales pero suficientemente orgullosos y seguros de sí mismos para pensar que ser fotografiados por su interés étnico (como cosas antiguas y curiosas) pudiese significar una humillación. Estábamos en la Arabia Felix (aún), fuera del reino del integrismo wahabí. Como yo no estaba dispuesto a entrar en ese juego, a veces me veía obligado a hacer un ruido parecido al disparador (la famosa onomatopeya “flickr”) para que me dejasen en paz y seguir a lo mío. Antes de que me hagan la objeción del visor, recuerden la fecha: en las cámaras analógicas no había nada que enseñar.

Anciano yemení (1987)

En una sola ocasión hice una foto etnológica previo pago: un santón en Templo de Pashupatinath, en 1999. Es esta una circunstancia que me liberó de todo pudor y encogimiento del dedo (el del disparador), porque si no era profesional de eso, poco le faltaba. Este hombre, como cada quisque, tendría su alma en su almario  (que diría Mesonero Romanos) y sólo él sabría en qué medida su fe religiosa le llevaba a hacer lo que hacía y en qué medida era teatro, como el que hacen los mimos y estatuas vivientes en nuestras calles. A mí eso me importaba un rábano. Y este tipo de santones, sin duda, son una muestra del abigarradísimo paisaje cultural hindú.

Santón nepalí (1999)

Otro tipo de foto etnológica es la derivada de estar metido en el tinglado hasta las cachas. Como explico también en el relato de la nochevieja en el Atlas, no soy partidario de jugar a ser T. E. Lawrence, más árabe que los árabes. Mantengo no sólo mi derecho a ser turista sino también el de los autóctonos a considerarme como tal: juntos coyunturalmente pero no mezclados. Sin embargo, a veces es imposible sustraerse, no ya al embrujo que diría un romántico, sino  a la polvareda general que se pueda armar. Donde fueres, haz lo que vieres y si te pilla el Holi, digamos en Jaipur (como me pasó el año 2002), pues adelante con los faroles, que donde las dan las toman:

Un servidor de Vds. confraternizando con los rayastaníes (2002)

Así pues, no estoy libre de pecado, pero casi.