Los tés

Mis antepasados han sido españoles en las últimas siete generaciones y mi familia inmediata pertenecía a la clase media baja. Esto quiere decir que el té no formaba parte de su cultura ni lo forma de la mía. En tiempos, en las tiendas de ultramarinos (también llamadas a veces coloniales) estaban los productos del que fuera nuestro imperio colonial ultramarino: café y chocolate. Unidos a la leche de las vaquerías, que en mi infancia aún estaban en pleno casco urbano, conjugan la trilogía de desayunos y meriendas. El pan con aceite y con tomate eran especialidades regionales que a mediados del siglo pasado casi no existían en Madrid. En algunas casas pijas y anglófilas sí que existía el té, pero a mí, de pequeño, sólo me lo daban cuando estaba malo de la tripita. Y esto parece que no era una particularidad de mi casa; Alejo Carpentier, en su novela La consagración de la primavera, pone en boca del personaje de Vera (rusa y, por tanto, téfila) la opinión de que el café es para “descendientes de moros”; tras emigrar, acaba reconociendo que se ha vuelto “una bárbara antillana” y que “En Cuba el pueblo sólo usa el té como remedio para el dolor de barriga”.

He bebido poquísimo de esta infusión (y de otras) en toda mi vida y, si tenía elección, le añadía la cantidad necesaria de leche y azúcar para que dejase de saber a té y tuviera una densidad bien alejada de la de las infusiones en general. Hace décadas que no pruebo ni gota, pero hubo unas cuantas ocasiones en que el contexto y circunstancias me obligaron a hacerlo. Estas son las principales o más significativas, reflejo de las culturas en las que momentáneamente me vi inserto:

Tarjeta postal TUCK “Oilette”,
Victorious Peace series, Nº P3262

En territorio de Su Graciosa Majestad

En el verano de 1970 pasé una temporadita en Londres; más que un viaje turístico, pero menos que una estancia. Me acogió una prima mía, que vivía en Chelsea, de inquilina de Hester Marsden-Smedley (de soltera, Pinney). Luego me enteré de que esta buena mujer había tenido un pasado muy interesante, incluso en relación con espías en la Segunda Guerra Mundial. Su difunto marido fue un prohombre de la administración londinense, con todas las notas típicas/tópicas que se pueden atribuir a las clases altas herederas del mundo victoriano/eduardiano. En cualquier caso, el apellido con guión y el casoplón que tenía definían bien su estatus. Como buena inglesa, tenía gran amor y conocimiento de plantas y flores y al enterarse que yo era del gremio de los jardineros me descubrió el Chelsea Physic Garden, una joyita perdida en medio de la gran ciudad.

El red double-decker, eterno símbolo londinense,
en Charing Cross (julio, 1970)

Nosotros vivíamos en el basement y un yanqui lo hacía en el segundo piso, con lo cual se reproducía la cosmogonía de todo upper class británico del siglo pasado: ella en el piso principal, sus primos americanos por encima (pero en una planta secundaria) y los southerner cerca del hábitat de las ratas. Por la debida cortesía y para captar el acento, accedí en más de una ocasión a participar en su sagrada ceremonia del afternoon tea. Una situación en el fondo tensa para mí, porque mi inglés no era apropiado para ir mucho más allá que informar sobre el estado financiero de mi sastre. Una cosa se me quedó grabada y no sobre la casera, sino sobre el co-inquilino: la cara que puso cuando le informé de que el único after shave que usaba era “fresh water”. Muchas veces al usar dicho líquido (barato y sin marca) hasta hoy día, me acuerdo de este personaje, de faz y nombre olvidado hace mucho, pero que podría revivir en millones de personajes actuales igual de pillados por el marquismo, el consumismo y la tontería en general.

En la China post-Mao

Escenario político del año 1978 en la República Popular China: muerto Mao Zedong dos años antes, metida en chirona la denominada oficialmente “Banda de los Cuatro” y con Deng Xiaoping comenzando a girar la rueda en sentido contrario a lo determinado por el Gran Timonel. Una de sus primeras medidas fue empezar a autorizar el turismo extranjero; de hecho, la nuestra fue la segunda expedición española aceptada y todo ello bajo los auspicios de la Asociación de Amistad con el Pueblo Chino. No se pueden perder las formas tan rápido y la tendencia a abrirse al mundo exterior e ingresar divisas por el turismo estaba contrapesada por la inercia de los últimos 30 años. En teoría no éramos turistas, sino amigos de China que queríamos conocer más a fondo su sociedad (fundamentalmente, las realizaciones del Régimen). En mi caso sí era cierto que, en principio, era amigo de lo que el pueblo chino había hecho, pero, lamentablemente, volví menos amigo que lo que llegué, pues ya pude ver los primeros síntomas que habrían de llevar a ese país hacia uno de los capitalismos más salvajes del orbe.

A lo que íbamos: nuestro carácter de invitados nos llevó a visitar, además de los consabidos monumentos, multitud de fábricas, exposiciones industriales, comités de barrio, colegios, comunas agrícolas y demás. En la habitual recepción en cada institución solía haber varios jóvenes (casi siempre chicas, con su uniforme verde oliva o azul) que nos proporcionaban sendas tazas de té. A su estilo: verde, sin azúcar e hirviendo; de hecho, las tazas tenían habitualmente una tapaderita para que no se enfriase. ¡Qué martirio! Su sentido de la hospitalidad, a mayor inri, les llevaba a rellenar la taza en cuanto veían que dabas el más mínimo sorbo (en mi caso, por mera cortesía). Un amargo trago, en lo organoléptico y en lo político.

En el zoco de Marrakech

Ya he contado en el relato sobre el Atlas, que huía de las invitaciones a tomar el té al ser abordado por los amigos moros en plena calle. Pero en alguna ocasión me vi obligado a hacerlo, cuando era yo el que me metía en su propia casa sin ser invitado: me refiero a los comercios del zoco en los que no sólo entrábamos a husmear, o a escaparnos de los guías-acosadores, sino que había cierta intención de comprar.

El que más y el que menos ya conocerá (habrá sufrido) la quasi liturgia semítica del mercadeo, empezando por la falsa amistad y pasando por el eterno regateo. Todo eso me repele (ni valgo ni quiero aprender a valer para ello) pero alguna vez piqué, cuando el vendedor era lo suficientemente hábil. No compramos nada caro, por lo que el supuesto ahorro derivado del regateo sería mínimo y porque nunca que he regateado he dejado de salir del trance con la sensación de que había pagado más de lo que podría haber hecho. Recuerdo una vez, en El Rastro madrileño, que en un paso de la cifra de pesetas a duros, acabé ofreciéndo más de lo que pedía…

La única ventaja de esta práctica, en este lugar y otros repartidos por el Reino Alauí es que el té moruno está bien rico: con mucha hierbabuena y mucho azúcar: lo necesario para que sepa poco a té.

Texto-escultura en una ciudad de Mazandarán

Entre los chiitas del Caspio

Añado esta referencia para completar el cuadro de mis degluciones del aborrecido cocimiento de las hojas de la Camellia sinensis ¡Con lo bonitas que son las flores!

El episodio de la ceremonia del té a orillas del Mar Caspio ya está narrado en el relato denominado El convenio Ramsar (año 2000), por lo que, si están interesados, les remito allí. Si la memoria no me falla (lo cual sucede bastante últimamente) fue la postrera vez que me tomé un té.

Las provincias del norte de Irán son uno de los ecosistemas / sociosistemas idóneos para el té: no sólo lo cultivan, sino que en ellas, a la tradición oriental de su ingestión se añade la influencia rusa (con sus samovares incluidos).

Pues tampoco allí la cosa resultó satisfactoria al completo.

Plantación de té en la provincia de Guilán